Ignacio Uzquiza - Va por ahí

miércoles, 4 de febrero de 2009


“Va por ahí” no es una murga cualquiera. No sólo porque a medida que crecen, hacen muestra del gran talento que poseen, tampoco porque sus shows son logrados, eficaces, entretenidos dentro de la oferta que existe en el minúsculo mundo under de murga uruguaya en nuestro país. “Va por ahí” tiene un condimento especial, que hace que la quiera más que a cualquier otra, una amistad en común.

El grupo es argentino, pero hace murga uruguaya: voces, bombo, platillo, redoblante, presentación, tres cuplés, canción final y retirada. Es decir, tiene todos los ingredientes de las agrupaciones del país vecino, pero es un talento que nació del otro lado del charco. Para los que entienden poco del tema, ir a ver a “Va por ahí” es lo mismo que, por ejemplo, ser espectador de Falta y Resto, Araca la Cana, Contrafarsa, por nombrar a las murgas orientales más mediáticas.

Estos chicos desafían el mapa. Con timidez y respeto a cuestas por no ser del país que abrigara la murga, pero con el talento necesario, se suben al barco y se mandan. Sin temor, presentaron su show el año pasado en Salto, Uruguay, lugar un tanto hostil para reconocer a una murga foránea. Sin embargo, superaron el desafío con creces y recibieron invitaciones para recorrer el interior uruguayo.

Tuve la suerte de verlos en la presentación que hicieron en noviembre pasado en el teatro Fray Mocho de su show “No sos vos, soy yo”. Ante un auditorio colmado, los 14 integrantes de nuestro, para los amantes de este tipo de música, orgullo nacional brillaron.

“Un grupo de jóvenes carnavaleros en una desesperada e inagotable búsqueda de identidad, de querer ser parte de algo en un mundo moderno lleno de estímulos. Buscando consejos en una fuerza, un símbolo que les permita pertenecer, la murga se topa con extraños (y en ocasiones siniestros) personajes que intentarán sacar provecho de la situación. Es así como un Pai milagroso, un psicólogo y hasta un perro policía confundirán aún más a estos pobres muchachos. Finalmente la ballena Willy logra saltar el fuego y salvar su vida, el policía negro muere y el pobre campesino logra conquistar a la millonaria hija del sheriff... Bueno, algo así”. Así vendieron la formidable presentación que les valió el respeto y el elogio de por ejemplo Eduardo “Pitufo” Lombardo, director de la Contrafarsa y uno de los músicos más respetados del Uruguay.


Como adelantaba, “Va por ahí” es especial para mí, porque uno de sus integrantes es mi amigo y un gran periodista en ascenso, Mariano López Blasco. Un autodidacta de la murga, que escribe por las tardes con esa solvencia que lo acostumbra y por las noches, despunta su inquietud pintándose la cara y cantando al ritmo del platillo, el bombo y el redoblante.

Carlos Fumenigue - Queribles criaturas

jueves, 22 de enero de 2009



Declararse fanático de Estudio Fútbol genera un rechazo similar al de, en su momento, blanquearse como votante de Menem. Incluso después de haberme comido los sapos de Angeloz y Bordón, de haber votado a Lilita (a quien todavía me concedo no ubicar dentro de los anfibios) y de esa manera haber contribuido a esa máscara reprimida disfrazada de pudor ético anti-Menem, entiendo cierto asco orgánico que puedan generar cinco minutos seguidos de Estudio Fútbol un día cualquiera. Aun así, lo veo, podría decirse que a esta altura lo disfruto y, ¿por qué? No tengo ni idea.



Hagamos primero una somera diferenciación de las señales deportivas a las que accedemos diariamente. ESPN es la asepsia, la NASA, todo ubicado y en su lugar, hasta chistes malos que caen simpáticos. Fox es el Conrad de Punta del Este, mucho partido-homenaje a gloria latinoamericana, mucho periodista deportivo joven que se cree mil por usar traje y decir sinónimos. TyC Sports es ropa Puma de canje, gente a la que todavía te cruzás en el subte (porque de hecho me ha pasado). Que Estudio Fútbol sea su programa estrella suena entonces poco menos que muy coherente. Si (y acá le robo a un reputado poeta de Boedo) La Ultima Palabra es "Niembro y los X Men", podría decirse que Estudio Fútbol es una Liga de la Justicia que funciona en un dos ambientes con problemas de humedad, pero que aun así no renuncia a la lucha.



Acaso sea el morbo por la medianía perfecta, como si fuese un producto calculado, lo que me lleva a poner ese murmullo gris de todos los mediodías. "Yo no entiendo cómo podés ver todos los días a estos gordos que se la pasan gritando", se sorprende seguido mi mujer, quien los llama Los Tres Chiflados, así en "la mesa" haya tres, cuatro u ocho, como después de un Boca-River o un partido de la Selección. Pero tiene razón: ¿por qué será que son todos gordos? Al punto que estoy convencido de que el Gordo Palacios está convencido de que es flaco. Ese gel en el pelo, su brazo siempre apoyado a la pelota con sus iniciales, su reloj espamentoso, sus anotaciones, sus revisadas de mensajitos en el celular, el pragmatismo berreta de sus razonamientos... su poder de negación es francamente envidiable.



Pero Estudio Fútbol es un programa de, sino personajes, de caracteres: la mesura y el compromiso (ni más ni menos que el Men Sana In Corpore Sano de TEA) de Alejandro Fabbri, el utopismo religioso de Recondo, el criterioso talibanismo de Pagani, los carismáticos y agudos exabruptos de Farinella, el empalagoso chichoneo de Arévalo y hasta un lugar para el casi siempre atinado y muy bien informado Senosiain. Por los costados, un cotillón inverosímil: la banda de sonido "Nada es lo mismo sin fútbol" que pareciera cantada por el Mono Mario, las luces estroboscópicas que se prenden cuando vuelven del corte, esos sacos y camisas de Meeks-Lomas de Zamora, los botines Diadora que entregan por un concurso, la pelota de tiento que le regalan a la leyenda de turno, los cubiertos para asado que le dan al del móvil... todo magnificado durante el verano con el estudio en el Balneario 12 de Punta Mogotes, que merece un texto aparte.



Es recurrente cierta queja nostálgica a que "ya no se habla de fútbol". Me encantaría saber cuándo se hablaba de fútbol si no había otro programa además de "Polémica en el fútbol" (el título es un silogismo) y, en todo caso, cuánto hay para hablar de fútbol. Estudio Fútbol tiene tanto tiempo para llenar que precisamente cuando más pierde es cuando más se dedica a su supuesto tema en cuestión: la táctica, posta que tomaron sucesivamente los somnolientos Patricio Hernández, Gabriel Calderón y Gustavo Barros Schelotto. En cambio, cuando hablamos de las polémicas de los arbitrajes, el compacto de ping-pong y el compendio de atajadas, ya estamos hablando de un agujero negro en la grilla televisiva, en ese momento estoy seguro de que no hay nada menos interesante en los 85 canales, muchos más si se tiene TV digital.



¿De qué se compone entonces Estudio Fútbol? Básicamente de discusiones inconducentes en las que sin mayores fundamentos se tocan tópicos que rozan el análisis psicológico de declaraciones de los jugadores, semiótica de las hinchadas, interpretación del lenguaje corporal de los directores técnicos, presunciones financieras de transferencias millonarias y debates de derecho laboral futbolístico. Todo con grave circunspección que pretende camuflar un gran y benemérito tun tun, sin que esto signifique faltarles el respeto a profesionales de fuste.



La paradoja es que si hay algo que me resulta admirable de toda esta combinación es esta especie de convicción por la liviandad sin clase, en la frontera de lo grasa y lo tierno. En definitiva, acaso se trate criaturas queribles.

Fumenigue por Nacho Uzquiza: Trabajó conmigo, parafraseando a Fabián Casas, en esa cárcel de mínima seguridad que es el diario Olé. Con Carlos, a quien admiro profundamente por su originalidad y talento, nos une algo para mí muy especial: el barrio, barrio norte. Allí nos criamos, sin saber uno del otro. Pero los rituales, los lugares son los mismos y sumado a una educación similar y alguna que otro parentezco de grupos de amigos nos relacionamos.



Pedro Uzquiza - Homenaje al periodismo.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Periodista de raza, noble, solidario, intransigente. Adjetivos que califican al entrañable Pedro Uzquiza, que supo darle significado a esas palabras; y a tantas más que lo transformaron en periodista, oficio que dignificó.
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Murió hace cinco años. Tenía apenas 66.
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Sus compañeros, los que aprendieron de él, hoy lo recuerdan en este sitio:
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Marcos González Cezer:
Redactor de la Agencia Nacional de Noticias Télam y dueño de la Editorial Al Arco, primer editorial independiente de literatura deportiva. Trabajó en el Cronista Comercial y en Página 12.
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Pedro Uzquiza fue, ante todo, un hombre íntegro.

Un tipo lúcido, honesto, intransigente -a veces implacable- y con convicciones.

Es curioso que haya que resaltar algo que tendría que ser moneda corriente.
Pedro fue un colega solidario, compañero de sus compañeros de trabajo y que nunca renegó de sus orígenes. Es más, hasta se jactaba de ellos. “Mi viejo repartía leche en un carro en Banfield”, decía.

Pedro amaba el periodismo. Llevaba siempre un bolsito de cuero en el que tenía cuadernos en los que tenía pegados estadísticas, historiales de campeones, goleadores, etc. En esos tiempos no había internet. Pero además, tenía concepto, fundamentaba cada opinión.

Cuando leía algo mal escrito o sin sustento se quejaba y, tocándose la cara (gesto que hacía cuando se ponía nervioso), empezaba a decir “estamos rodeados de imbéciles”.

Pedro abrazó un estilo de jugar al fútbol. Sin medir consecuencias.

Abrazó al menottismo, hasta transformarse en uno de sus defensores más fervientes.

Y luego hasta se peleó y se sintió traicionado por el propio Menotti.

Abrazó de tal modo esa forma de ver y difrutar el juego de fútbol, de defender esa línea histórica, que lo vi gritar, como un desaforado, goles de River, Boca e Independiente y de Peñarol de Montevideo, cuando Menotti fue el técnico y hasta de Tenerife , quel dirigido por Jorge Valdano, con Angel Cappa como ayudante y con Fernando Redondo como figura.

Decía, sonriendo, “Opa, Opa” o “fenomenal”- una de sus palabras preferidas- cuando festejaba un caño, una pared, un toque al pie. Los que lo conocíamos sabíamos que así, se burlaba de sus enemigos en el gusto futbolístico, a los que despreciaba.

Su gusto por una estética futbolística lo llevó a relacionarse, durante años, con colegas con los que compartió redacciones; que después lo admiraron, posteriormente lo premiaron y por último lo tildaron de “fundamentalista” en su trabajo 'sólo' por defender, sin quebrarse, sus convicciones- y mantener su misma mirada, implacable, del fútbol y sus miserias.

Sé, también, que terminó detestándolos, como a los resultadistas, sus enemigos eternos.

Tuve el privilegio de ser su amigo.

De compartir muchísimos años y hasta de firmar notas con él. Fuimos a ver fútbol y pasamos horas y horas, semanas y semanas hablando de fútbol y de política.

Me ayudó muchísimo y me enseñó cosas de la vida y del oficio.

De esas que no se aprenden en las escuelas de periodismo.

Pedro fue un aliado incondicional de la revista Al Arco, un mensuario que fundamos con Julio ‘Chopo’ Boccalatte, en 2001: escribió en el número uno y en el último, en 2002.

Un año más tarde, fundamos un sello de literatura deportiva: Ediciones Al Arco. Pedro iba a escribir el segundo título de la editorial: un trabajo sobre el fútbol y cultura.

El primer libro fue dedicado “a la memoria de Pedro Uzquiza, maestro de periodistas y defensor de una ética que hoy está casi en el olvido”.

Fue en diciembre de 2003. Pedro falleció un mes antes.

Es necesario recordarlo, cuando actualmente hay tantos payasos, imbéciles y obsecuentes en este oficio, que él honró.
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Oscar Raúl Cardoso:
Editorialista del diario Clarín.
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Más de treinta años después de haber empezado a hacer este trabajo puedo decir que he conocido mucha gente que, cada tanto, se deja ganar por el mal humor y, aunque bastante menos, también he conocido alguna personas de excelente calidad humana.
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Sólo una vez, sin embargo, conocí a alguien en quien las condiciones de cascarrabias y de buena persona fuesen igualmente intensas. Se trató de Pedro Uquiza, amigo y colega de gran capacidad.
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Aunque coincidimos en más de una redacción de diario fue en un estudio de radio -Provincia- donde casi un año trabajamos de modo más cercano. Y pocas veces, antes y después, sentí igual placer por hacer un programa de radio.
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Su calidad como periodista deportivo está más allá de lo que mis adjetivos pueden describir. Baste con decir que era bueno de verdad. Soy un convencido de quen nadie muere realmente mientras alguién el esta vida lo recuerde. En esa medida Pedro Uzquiza no se ha ido.
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Martiniano Cardoso:
Director de cine.
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Recuerdo el verano de 1991. Recuerdo una casa en la Avenida 3 de Villa Gesell. También recuerdo que mi padre estaba como corresponsal en la guerra del Golfo.

Los primeros 15 días de ese año los pasé en la costa con Pedro, Nacho y Nicolás, su primo.

Recuerdo también el día que Bati cumplía años y yo le quería hacer un regalo. Pedro busco un cuadro que le compramos juntos.

Recuerdo un día en ese verano, en el que trataba de entender por que tenía un familiar desaparecido y con mis 11 años no comprendía que significaba. Recuerdo haber llorado y a Pedro al lado mío, también llorando, que me tomaba de la cabeza diciendo que se lo habían llevado por que pensaba.

Recuerdo su pasión por el fútbol, el buen fútbol, generoso, de gambeta, siempre tratando de honrar al juego. Recuerdo el día en que Menotti debuto en Boca por segunda vez ganándole a Newells 2 a 0 y su ilusión de que al “Flaco” esa vez se le iba a dar. Ahí comprendí y abracé esa hermosa causa perdida que es el Menottismo.

Lo recuerdo persiguiéndonos a Nacho y a mi para que no fumemos diciendo “Mi amigo, la oveja Juvenal, fumaba 4 paquetes por día. ¡A los 57 el bobo le hizo PUM!”. Lo evoco y no puedo evitar sonreír por la manera neurótica en que lo decía, mientras escribo estas líneas.

También recuerdo su pasión por el tango. Un día le acerque un disco de Gotan Project y se lo hice escuchar diciéndole que si Piazzolla estuviese vivo haría tango electrónico. Termino el primer tema y me dijo “Dejate de joder!”

Pero también recuerdo una de las últimas veces que lo vi. Muy dopado, tirado en la cama, tratando de vivir hasta donde la vida lo dejase.

Recuerdo un llamado telefónico de mi madre despertándome, diciéndome que había muerto Pedro. Recuerdo descomponerme y largarme a llorar mientras mi mujer intentaba consolarme.
Recuerdo una mañana gris, lluviosa y de paraguas negros, Bati y Nacho abrazados.

Recuerdo, y esos recuerdos van a estar en mí por siempre.
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Miguel Vicente:
Editor del diario Clarín.
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Hay un rincòn en la redacciòn de Clarín en la que Pedro vive. Y cada vez que me acerco a ese lugar lo siento en toda su dimensión. Pedro nos mira con una semi sonrisa desde una foto publicada en el diario el dìa de su muerte. Se siente que està allì porque pasea su pasión por todos lados. Nos acompaña en cada partido que miramos por televisión. Salta a cabecear, se cruza como un defensor o remata al arco de cualquier equipo que enfrente a Banfield.
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Mendiga buen fútbol, putea contra el aburrimiento, los pases mal dados, la violencia.
Aparece cuando uno se acerca al carrito en busca de un café y su voz se escucha como una detonación:" Tomasoli", suele gritar. Es el reclamo para que no lo dejen afuera del café, que más que café es una invitación a una charla, a esas charlas pasionales que sólo se pueden tener con él, cualquiera fuese el tema de conversaciòn.

Pedro está ahí. Para protestar, para encapricharse, para no torcer jamás su pensamiento, para reclamar y brindar afecto con el corazón bien abierto. Para hablar de Nacho y Beatriz. Para mostrar la dignidad de su camino como muy pocos pueden mostrar.

Pasaron cinco años desde el momento en que se fue. De sentir esa puta sensación terrenal de que no está. Aunque los que tuvimos el gusto de ser sus amigos, sabemos que está. Que siempre estará ¡Salud Pedro! Por tanta vida vivida, nunca aceptaremos la muerte.
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Héctor Hugo Cardozo
Editor del diario Clarín
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Pedrito Uzquiza siempre está entre nosotros. Nos dejó un legado de lucha y de convicciones, la razón de su existencia.
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El tiempo transcurre, nosotros vamos pasando, pero aquel que supo escuchar y supo entender sabe que aquellas charlas con Pedrito, sus verdades, sus broncas y sus alegrías son una invitación a la vida. Y a asumir a cada rato nuevos desafíos.
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Pedrito está, en la memoria, en el corazón. Las fuentes, al cabo, que nos guían.
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Gustavo Flores:
Periodista. Autor del libro "Estudiantes. Historias de cien años", de editorial Al Arco.
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Cinco años. ¿Qué será? ¿Será que pasa el tiempo y los recuerdos lo agigantan? ¿Será que ya es muy difícil encontrar esa clase de tipos? ¿O qué el periodismo y los periodistas de hoy vienen con envoltura distinta? No sé. Lo cierto es que Pedro el grande, cada día se hace más grande.
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¿Será que la distancia y la memoria aumentan su dimensión? ¿Y los años serán los culpables de que hoy valoremos lo que ayer era habitual? ¿Serán aquellos cafés y asados compartidos los orígenes de echarlo tanto de menos?.
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Quizás. Pero de algo estoy seguro: en otro lugar, en otro ámbito de trabajo, en otra cultura, sus principios siguen tan básicos como el primer día; sirven de guía ante cada situación compleja; marcan el camino diario. Así se fortalece el reto de seguir escribiendo, el de continuar en esta senda sinuosa del periodismo y los diarios. Quejándonos, riéndonos, disfrutándolo. Igual que él.
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Pedro fue un maestro que nunca tuvo ese rótulo. Era uno de esos maestros que enseñaban sin saberlo, que dictaba clases sin tener la más mínima intención de hacerlo, que aleccionaba con los hechos, que mostraba su dignidad a diario, con sus ejemplos, con su vida. ¿Existen mejores maestros que esos?
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Entre otras cosas me enseñó que la amistad puede ser hereditaria. Primero fui su amigo y cuando partió, el vínculo se extendió. Hoy, a su mujer y a su hijo los siento mis amigos, a pesar de los kilómetros y los paréntesis que aparecen en las vueltas de la vida.
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Cinco años pasaron. Nada. Parece que fue esta mañana el primer café que compartimos en el Lugo de la esquina. Tan lejos, tan cerca. La palabra para hoy, tanto tiempo después, es la misma que le dije tras aquel cortado: gracias Pedrito.
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Guillermo Tagliaferri
Periodista
Uno de los primeros periodistas que traté cuando ingresé al periodismo en Clarín, hace poquito más de veintiocho años, fue justamente Pedro Uzquiza. Hasta entonces para mí era solamente una firma más al pie de los comentarios, pero alcanzaron unas pocas semanas para aprender a conocer y querer a ese hombre canoso, de voz gruesa e ideales firmes.
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Aprender de sus consejos, escuchar sus experiencias, compartir un café, fueron sensaciones enriquecedoras. Con el paso del tiempo fuimos forjando una amistad. Solidario al máximo, intransigente en sus ideas, explosivo ante injusticias o agachadas, Pedro nunca torció el rumbo de su vida. Como periodista y como persona.
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Se enojaba con facilidad, puteaba sin miramientos, pero siempre iba de frente. Y la mayoría de las veces sus iras tenían justificación. No le conocí ninguna bajeza, la nobleza lo caracterizaba. Entre tanta gente que conocí en esta profesión, Pedro Uzquiza ocupa los primeros puestos del ránking.
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Pasaron cinco años ya, pero el recuerdo se mantiene, y se mantendrá, intacto.
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Liks asociados.

Alejandro Duchini - Maestros; el maestro.

lunes, 10 de noviembre de 2008


“Mucha lectura, buen archivo”. El consejo me lo dio Luis Garro, una de esas tardes en las que nos encontramos en su casa de Liniers, ubicada en una esquina de un pasaje que si mal no recuerdo se llamaba El Rastreador (si alguien sabe que me equivoco, avise, aunque no sirva de mucho). Corría el 90 y yo sentía que estaba frente a una gloria viviente del periodismo. El tipo había trabajado en varios diarios y revistas y hasta vivido en Perú, desde donde escribió para Clarín un recuadro sobre la llegada del hombre a la luna. Yo, en cambio, recién empezaba en el oficio y con menos de 20 años me sentía fascinado ante tanto conocimiento.

Luis Garro no fue uno de los periodistas más famosos pero sí uno de los mejores. No encontré en los años que llevo en la profesión otros que tuvieran tantas virtudes.

Lo conocí de casualidad, tal como suceden muchas de las grandes cosas de la vida, de esas que nos marcan para siempre, y nos encariñamos mutuamente. Era para mí el abuelo que no tuve y yo era como un nieto más para él. Entonces me recibía en su casa y nos quedábamos tardes enteras idealizando a un periodismo antiguo, de buen gusto y romántico, que se moría para darle lugar a la matanza de cerebros en que se convirtió en la actualidad.

Hablábamos de escribir y de periodistas. Me mostraba textos, me recomendaba algunos secretos y hasta me mostraba un archivo fascinante que tenía guardado en el garaje de su casa. “Todo esto va a ser para vos”, me dijo una vez en la que se anticipó a su muerte. “Todo esto” era, para mí y para cualquiera, un enorme tesoro de papeles que hoy sólo tendrían el olor de la melancolía ante tanta internet y putas madres de las que se sacan datos.

En tanto, Virginia, su esposa, nos traía café con leche y galletitas y yo no podía dejar de sentirme a gusto, como en casa. No sabía entonces que eran mis últimos años en Liniers. Después me enamoraría y me iría a otro barrio y volvería a estas calles sólo para ver a mis amigos, a mi papá y al viejo Luis, que estaba jubilado y le daba al vicio de escribir para un medio peruano. Escribía en su vieja máquina y se iba a un locutorio a mandar por fax la nota del día. El empleado que lo atendía era mi amigo y le habló de mí y Luis le dijo que lo llame, que no había problema; y lo llamé y me invitó a su casa y fui como aquel que va a la casa de su novia por primera vez. Y ojo, no me interesa repetir la palabra “casa”.

Cuando llegué estaba en el zaguán, leyendo. Yo tenía la pelota de fútbol en la cabeza y Luis me la pinchó, me metió a Gabriel García Márquez y me hizo regresar, así, al mundo de la lectura que había abandonado cuando mi adolescencia era incipiente. Leí El amor en los tiempos del cólera y quedé fascinado y empezó a recomendarme libros. Me habló de Chesterton y Borges, me aconsejó qué periodistas leer y me fue enseñando que el misterio, en los textos, siempre es una buena manera de atrapar al lector. Y me repetía: “Mucha lectura; buen archivo”. Empecé a guardar entonces recortes pero no tuve la continuidad que sí tenía él.

Después fui yo mismo, a través de sus primeras indicaciones, conociendo otros escritores y mi fascinación por la literatura regresó enseguida hasta instalarse en mi alma. Por eso, cada vez que agarro un libro me acuerdo de Luis. El olor al papel de los libros tiene para mí el recuerdo de Luis Garro como para otro el cigarrillo recuerda las noches de juergas.

No llegó a ser como mi padre pero lo quise mucho en poco tiempo. Sabía que no es común que se cruce en el camino de uno alguien así. Por eso disfrutaba de esa oportunidad. Se enojó una vez con un tipo que no me quiso pagar un trabajo en radio sólo porque yo era un iniciado. “¿Cómo no te va a pagar ese cabrón?”, me preguntó cuando le dije que la nueva vergüenza era usar a los estudiantes de periodismo para hacer el trabajo sucio a cambio de una experiencia que no es tal. Desde entonces, no volví a trabajar gratis, a pesar de que eso me costó postergar mi ingreso a la profesión.

Una noche de julio, muy fría, por cierto, lo llamé desde la estación de trenes de Chacarita. Era domingo y llovía y tenía ganas de saludarlo. Me atendió su esposa y me pedía que fuera a visitarla. Sólo por insistencia me enteré de que Luis había fallecido unas semanas antes. El mundo se me vino abajo y a los pocos días le dediqué un cuento que se titulaba Almendras amargas en homenaje a Luis y al comienzo de El amor en los tiempos del cólera que tanto le fascinaba.

Eso fue en el 92. Vaya que pasaron los años. No me quedé con su archivo si no con algo que para mí tiene más valor: su recuerdo de tipo íntegro y profesional. Heredé de él la pasión por escribir y leer. El profesionalismo se lo llevó hacia ese lugar desde el que ya no se vuelve. ¡La puta que lo extraño!

Ignacio Uzquiza - Dios está borracho

sábado, 1 de noviembre de 2008


El deporte. Hoy en día, todo está lleno de deporte. Los diarios, la televisión, mi vecino, la política. Tal vez es necesario retomar la posta que algunos periodistas ya dejaron, volver la mirada a otros tópicos para dar un poco de aire fresco. No le vendría nada mal a este blog descansar un poco e internarse en esta pequeña recorrida artística que me permití días pasados.

No fue Gilberto Gil con su increíble recital en el Gran Rex presentando “Banda Larga Cordel”, ni la obra “Baraka”, con Leyrado, Grandinetti, Arana y Marrale, dos espectáculos que presencie en las últimas semanas. Esta vez fue “María de Buenos Aires”, la operita que nació en la cabeza de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. Muy a mi pesar, cerró el domingo un nuevo ciclo en el Teatro Nacional Cervantes. Me descubrí, repentinamente, de pie, como todos los que me rodeaban, aplaudiendo y emocionado. La herencia que me dejó mi viejo, muy piazzoliana, pudo más y el escalofrío y la piel de gallina se apoderaron de mí.

Tuve la suerte de estar, de vivirlo. Me regocijé con el bandoneón de Néstor Marconi, con la voz de Julia Zenko y los poemas recitados por Ferrer, ese interminable talento que mezcla lo popular, con el glamour y la palabra refinada, precisa, para cerrar una oración con el ritmo necesario.

Zenko es María, de Buenos Aires. Aquella que, como dice la obra, nació un día en que "Dios estaba borracho" en un arrabal porteño. Y Julia la personifica a la perfección, alternando su voz entre algunos acordes reos y otros elegantes. La gente se estremece, los bailarines la acompañan al ritmo. Se para, cae y muere. Se sienta con las piernas abiertas, como esperando al hombre que la penetre y desde ahí aguarda, canta, sufre. Sobre el final, su personaje se pierde y tras una maravilla más que sale de su garganta, se desvanece y tira un beso al público. Quizá a algún amigo, quizá a todos los presentes. Una caricia más.

Ruego que vuelvan a darla, ruego que algún cráneo de la política la declare de interés mundial, universal. Es de las pocas cosas genuinas que nos quedan y no debemos desaprovecharlas. Es de esos espectáculos que tendrían que darse en los colegios para que los chicos aprendan un poco de Historia en detrimento de las intoxicaciones paganas que atentan contra nuestra cultura.

Desde este insignificante espacio les agradezco a los actores, a los cantantes, a la banda por las dos horas de placer. Pugno porque retornen y continúen por mucho tiempo más, porque la sala se llene de bote a bote, en todas las funciones como la despedida. Gracias Astor y Horacio. La cultura les tendrá guardado siempre un lugar entre los grandes.


Ezequiel Dolber - Los 15 minutos de fama, o cuando se televisa la miseria.

martes, 14 de octubre de 2008



Andy Warhol dijo, ya hace un par de décadas, que todas las personas tendrían en el futuro, al menos, 15 minutos de fama. Hoy, muchos creen ver esa profecía cumplida y estiman que hubo una suerte de “masificación” de la cultura. La afirmación se realiza, por una lado, desde los avances de Internet, y por otro, desde la “televisión realidad”. Sin embargo, la mayoría de de estos planteos se da vuelta en un parpadeo a la hora de hablar de los contenidos que producen ambos elementos. Aquí se puede escuchar opiniones y análisis que van desde la “TV Basura” hasta la consigna: “se reproduce aquello que la sociedad es”, que podríamos definir como la teoría del espejo.

Por supuesto, presenciamos un grueso error, derivado en parte, del colosal equívoco que significaría creer que hoy todos podemos ser artistas (o tenemos las mismas oportunidades de serlo). A su vez, el mismo equivoco se cometería en caso de creer que las masas cuentan con recursos para acceder a la cultura y sus distintas mercancías.

En primer lugar, la dominación de la burguesía, grosso modo, continúa, por tanto, el arte sigue orientado en un sentido capitalista. Este hecho por sí solo, engendra un proceso de descomposición, dado que la cultura se encuentra trabada/estancada en su desarrollo producto de las condiciones sociales en las cuales se organiza la sociedad. Es decir, a partir del límite concreto –o mejor dicho del agotamiento- que significa la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas con un sistema de producción regido por intereses privados.

Es por esto que en los medios de comunicación, por ejemplo, no vemos la elaboración y sensibilidad de las masas, sino que por el contrario, asistimos a ser espectadores de las miserias del sistema, ahora recicladas en entretenimiento (y podría decirse, en asimilación). Basta ver programas como “Policías en Acción”, que con una imagen, hablan más que mil palabras.

Asimismo, en lo que respecta a Internet, es verdad que la Red amplía, parcialmente, la producción y difusión de contenidos. No obstante, no hay que dejarse llevar por la impresión. El porcentaje de la población que tiene acceso a Internet es reducida, bastante, en relación a las masas, y aún más, a lo que atañe a la utilización de las herramientas digitales. De todas maneras, nadie niega la utilidad de tal recurso, pero deben señalarse sus limitaciones, enmarcadas en el cuadro de conjunto.

El dominio empresarial de la cultura (incluida Internet) y su tendencia a la concentración, llevan a las expresiones sociales a la descomposición, producto de la mercantilización y utilización del arte con fines privados, así como a la completa alienación de los problemas cotidianos de las personas.

Dicho esto, podemos decir que en algún punto (lamentablemente) Warhol tuvo razón, en la medida en que sus palabras no iban dirigidas a socializar el arte. Warhol, como es sabido, es un artista que plegó sus intereses al capital y se convirtió en un defensor a ultranza del mismo. Por eso, él simplemente predijo la generalización de una práctica de la cual el fue un precursor: utilizar a la gente y, una vez que cumplieron sus “fines” o, se extinguieron hasta el agotamiento, seguir con la próxima víctima.

Una salida de los trabajadores a esta farsa, sigue planteada.


(*) Ezequiel Dolber es redactor del sitio infobae.com, lugar que permitió que nos conociéramos. Hoy, Ezequiel transita el mundo del periodismo así como recorre los pasillos de una carrera que le da letra para su profesión: sociología. Se lo lee y se nota: es un muchacho que promete, es una escritura que se presenta como inquieta y audaz. Navegando en las contradicciones, actualmente es redactor de la sección Mundo. Quizá sin saber realmente su vocación, puedo decir que tiene el espíritu y las ganas de un periodista de otra época.

Marisa Pontieri - Egoismo colectivo

martes, 30 de septiembre de 2008



Nunca me voy a olvidar de aquel viaje en el 26 en una exacerbada hora pico. El colectivo transitaba por una frenética Corrientes, lleno pero con bastante lugar en el fondo, y el chofer no se detuvo en una parada con tanta mala suerte para él que lo frenó el semáforo a metros de la cola de personas que acababa de ignorar. De entre ellas salió una mujer mayor que comenzó a golpearle la puerta en vano, mientras los que habían subido en la parada anterior, todavía sacando boleto, ni siquiera la miraban. Claro, ellos habían tenido la suerte de ser elegidos por la voluntad del conductor, y ya no les importaba que, de haber esperado en esa esquina, estarían abajo maldiciendo como la señora. En fin, el chofer se hizo el distraído, y hasta ahí todo transitaba por la normalidad. Pero la mujer se salió de libreto: se paró delante del coche. La escena habrá durado unos interminables cinco minutos, lapso en el cual hubo dos amagues de atropello, el acercamiento de un policía que habló mucho y no hizo nada, todo sin que el muy soberbio abriera la puerta. Hasta que al final aflojó con cara de odio. Pero lo más llamativo fue que durante todo ese tiempo, y aún cuando la señora subió, los pasajeros la insultaban y le gritaban "loca". Y yo, joven exponente de esta sociedad, no defendí a la mujer que tuvo las agallas para vencer a una injusticia cotidiana que todos hemos sufrido. Aún no me perdono el haber sentido "vergüenza" de hacerlo.

La actitud frente a la queja del otro es una demostración muy clara del egoísmo argentino. Todo merece un reclamo, siempre y cuando no afecte nuestros intereses. Si un pataleo justo osa rozar un plan personal, no nos sumamos a él. Apoyamos piquetes hasta que tenemos que ir de vacaciones. Paliamos nuestras culpas participando de colectas para los pobres, pero que a ese pobre ni se le ocurra manifestarse en nuestro camino. Lo preferimos lejos, presente en el discurso pero no en la realidad.

Ni hablar de las quejas propias. Los problemas que ocupan páginas centrales en los medios y se tratan en las charlas cotidianas siempre les son achacados a razones ajenas. En el vocabulario popular, vistos como vampiros chupasangre humana, "los políticos" ganan mayoritariamente adeptos a la hora de recalcar culpas. Pero no se trata sólo de ellos. Inmediatamente, si alguien es capturado in fraganti cometiendo alguna mal llamada viveza, se desligará sin dudar de la responsabilidad. "¿Por qué el kilo de papa cuesta el doble que la semana pasada? Y, está más caro en el Central", puede ser la respuesta anecdótica al pasar... Claro, cuando en el mayorista el precio baje, ni nos vamos a enterar. O la más común "¿por qué tirás ese papel en el piso? Porque no hay ningún tacho", sería otro habitual ejemplo. Lo cierto es que en el día a día uno no para de ver a gente perjudicando a otra gente. Y acá no hablamos de políticos, sino de trabajadores contra trabajadores, invirtiendo roles antojadizamente según el día. Como la gran mayoría lo hace, es tan común que ya ni resalta. Nos quejamos de otros hasta que una situación "nos obliga" a caer también a nosotros, y lo hacemos sin resistirnos ni plantearnos nada. Que levante la mano quién no se coló en una larga fila "para ganar tiempo". ¿Qué derecho había sobre los demás que esperaban desde antes? ¿Y si uno nota que recibe un vuelto de más, le avisaría al vendedor? ¿O diría "va una por tantas otras en las que me estafaron", y se alejaría con la conciencia limpia? ¿Si le ofrecen un cargo estatal en el que se puede cobrar sin trabajar, lo aceptaría?


Eso me recuerda a un quejoso tachero que no paraba de hablar mal de los políticos corruptos hasta que le hice esa pregunta. "Y sí, nena, lo agarro, porque si no lo hago yo, lo va a hacer otro", fue la incoherente respuesta. Y es así. Todos nos quejamos. Pero hasta en lo más mínimo, si podemos sacar ventaja, la obtenemos sin importar a quién se le pisa la cabeza. Y no alcanzarían las palabras para enumerar más ejemplos.


Es verdad entonces que tenemos los dirigentes que merecemos. Ellos somos nosotros. La diferencia entre esos personajes podridos y las masas es que ellos tuvieron la oportunidad de entrar en el mundo de la corrupción grande, y nosotros sólo en la pequeña.


Pero mientras no cambiemos en el día a día, mientras sigamos envenenando a las generaciones que vienen con ese ejemplo, por supuesto, todo seguirá igual. En este país, a diferencia de otras naciones, hay división de clases, pero no de principios. Mande quien mande y cualquiera sea el sistema, no se vislumbra optimismo.


¿Cómo llevar a cabo un cambio si quienes deben ejecutarlo estarán signados por la corrupción y el egoísmo? ¿Un dirigente que realmente valga la pena podrá llegar a un lugar importante si la condición es apoyarse en un porcentaje tan alto de argentinos medios? Y si por milagro llegara a lograrlo ¿cómo podría gobernar si nadie estará dispuesto a ceder un privilegio en pos del otro? Me gustaría saber si a alguien se le ocurre una respuesta. Porque a mí no. Mientras tanto, sigamos cagándonos entre nosotros.
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(*) La autora es periodista. Nació el 13 de febrero de 1984 en Buenos Aires. Se recibió de Periodista con Orientación Deportiva en el Círculo de la Prensa y Licenciada en Administración en la Universidad del Museo Social Argentino. Es autora del cuento “La esquina”, publicado en el libro Proyecto Crearte, de Editorial Plus Ultra. Trabajó en radio, sitios de internet y desde hace tres años es redactora de tycsports.com.

Gustavo Yarroch - La próxima víctima espera.

miércoles, 17 de septiembre de 2008


El hincha común, ese que en la mayoría de los casos celebra la entrada a la cancha de la barrabrava de su club, se pregunta por qué resulta tan empinada la lucha contra la violencia en el fútbol.

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Para intentar explicarlo, no está de más hacer un rápido repaso por la metamorfosis de las barras desde sus comienzos hasta la actualidad. La génesis de las barrabravas como fenómeno organizado podría situarse a mediados de los 60, pero su mayor protagonismo comenzó a partir de 1983, con la vuelta de la democracia. Los grupos que por entonces conformaban las hinchadas de un modo mucho más ingenuo que el actual se fueron institucionalizando hasta lograr autonomía y convertirse en factores de poder.

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Ya transformados en auténticas bandas, las dirigencias política y deportiva los utilizaron para fines claramente definidos: como punteros políticos y también como fuerzas de choque capaces de aglutinar gente y hacer ruido, tanto en un acto proselitista como en una cancha de fútbol.

Cuando las muertes en las canchas comenzaron a sucederse, los dirigentes deportivos cayeron en la cuenta de que no estaban en condiciones de enfrentar a los barras. En muchos casos, por un lógico temor a recibir represalias. Y en muchos otros, porque habían pasado a ser socios de ellos. En el caso de la dirigencia política, la falta de un plan serio para combatirlos descubrió su falta de voluntad para modificar el escenario.

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Ya entrados los 90, los barras tenían asumido que ya formaban parte de una porción del negocio del fútbol. Una porción pequeña, pero porción al fin. Reventa de entradas, organización de viajes, trabajos de seguridad en recitales, manejos de los estacionamientos en las canchas eran algunas de sus variopintas fuentes de financiación. Las muertes no se detuvieron y los barras, ese fantasma de mil brazos, comenzaron a sentirse impunes al advertir que nada ni nadie podía -o quería- detenerlos.

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No se necesita hurgar demasiado, entonces, para encontrar una respuesta sobre por qué siguen sembrando el terror. El Estado no tiene una política sistemática al respecto y la dirigencia -tanto la política como la deportiva- no parece contar con voluntad ni saber para combatirlos. Con especialistas en el tema que se cuentan con una mano y escaso compromiso de parte del Estado, el flagelo difícilmente será resuelto.

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A propósito de la escasa voluntad política del Estado: el Gobierno Nacional elaboró un proyecto para combatir la violencia en el fútbol cuando Néstor Kirchner era el presidente del país. Hoy, dos años y cinco meses después, esa ley --que iba a crear el llamado Consejo de Seguridad en los Espectáculos Futbolísticos-- sigue durmiendo en la Comisión de Asuntos Constitucionales del Senado. Cuando el Poder Ejecutivo remitió el proyecto al Senado, esa comisión era presidida por la actual presidenta, Cristina Fernández. Por más que desde el gobierno se llenen la boca para despotricar contra los violentos; por más que el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Aníbal Fernández, insista con que se deben aplicar "las normas" para terminar con la violencia en las canchas, todo suena a palabras vacías. Al menos hasta ahora.

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La próxima víctima puede estar a la vuelta de cada cancha y el gobierno, al igual que los anteriores, quizás siga mirando para el costado. Es cierto que la gran mayoría de los dirigentes de los clubes tampoco muestra voluntad de cambio y sólo cuestionan a los barras pour la galerie. Después de todo, tienen un espejo más grande donde mirarse y, salvo alguna rara avis como Horacio Usandizaga, el presidente de Rosario Central, ninguno quiere poner en juego su vida por más que esté convencido de que los barras son una lacra con la que hay que terminar.

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Lo que genera desencanto, en todo caso, es que no se advierte una firme voluntad de cambio ni de los políticos, ni de los dirigentes deportivos, ni de ninguna otra variable de poder. En este contexto, el final de este fenómeno dañino parece demasiado lejos. Y eso preocupa.

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(*) El autor es periodista. Nació en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 22 de enero de 1973. Estudió periodismo en el instituto San Martín de Rosario y en el instituto Juan Bautista Alberdi de Capital Federal. Trabajó en las revistas Tele Clic, Mística y Nuestra, y fue corresponsal en Buenos Aires del diario La Capital de Rosario desde diciembre de 1992 hasta enero de 2008. Actualmente es editor de Deportes de la agencia de noticias DyN, para la que cubrió el Mundial de Alemania 2006, y colaborador permanente de la sección Deportes del diario Clarín, donde suele ocuparse de los temas relacionados con la violencia en el fútbol. En 2004 publicó el cuento "El triple ñoca" en "Al ritmo de los punteros", un libro de relatos de fútbol de distintos autores editado por Ediciones Al Arco. Y en 2006 publicó "Jueguen por abajo", un libro de cuentos también editado por Al Arco.