Marisa Pontieri - Egoismo colectivo

martes, 30 de septiembre de 2008



Nunca me voy a olvidar de aquel viaje en el 26 en una exacerbada hora pico. El colectivo transitaba por una frenética Corrientes, lleno pero con bastante lugar en el fondo, y el chofer no se detuvo en una parada con tanta mala suerte para él que lo frenó el semáforo a metros de la cola de personas que acababa de ignorar. De entre ellas salió una mujer mayor que comenzó a golpearle la puerta en vano, mientras los que habían subido en la parada anterior, todavía sacando boleto, ni siquiera la miraban. Claro, ellos habían tenido la suerte de ser elegidos por la voluntad del conductor, y ya no les importaba que, de haber esperado en esa esquina, estarían abajo maldiciendo como la señora. En fin, el chofer se hizo el distraído, y hasta ahí todo transitaba por la normalidad. Pero la mujer se salió de libreto: se paró delante del coche. La escena habrá durado unos interminables cinco minutos, lapso en el cual hubo dos amagues de atropello, el acercamiento de un policía que habló mucho y no hizo nada, todo sin que el muy soberbio abriera la puerta. Hasta que al final aflojó con cara de odio. Pero lo más llamativo fue que durante todo ese tiempo, y aún cuando la señora subió, los pasajeros la insultaban y le gritaban "loca". Y yo, joven exponente de esta sociedad, no defendí a la mujer que tuvo las agallas para vencer a una injusticia cotidiana que todos hemos sufrido. Aún no me perdono el haber sentido "vergüenza" de hacerlo.

La actitud frente a la queja del otro es una demostración muy clara del egoísmo argentino. Todo merece un reclamo, siempre y cuando no afecte nuestros intereses. Si un pataleo justo osa rozar un plan personal, no nos sumamos a él. Apoyamos piquetes hasta que tenemos que ir de vacaciones. Paliamos nuestras culpas participando de colectas para los pobres, pero que a ese pobre ni se le ocurra manifestarse en nuestro camino. Lo preferimos lejos, presente en el discurso pero no en la realidad.

Ni hablar de las quejas propias. Los problemas que ocupan páginas centrales en los medios y se tratan en las charlas cotidianas siempre les son achacados a razones ajenas. En el vocabulario popular, vistos como vampiros chupasangre humana, "los políticos" ganan mayoritariamente adeptos a la hora de recalcar culpas. Pero no se trata sólo de ellos. Inmediatamente, si alguien es capturado in fraganti cometiendo alguna mal llamada viveza, se desligará sin dudar de la responsabilidad. "¿Por qué el kilo de papa cuesta el doble que la semana pasada? Y, está más caro en el Central", puede ser la respuesta anecdótica al pasar... Claro, cuando en el mayorista el precio baje, ni nos vamos a enterar. O la más común "¿por qué tirás ese papel en el piso? Porque no hay ningún tacho", sería otro habitual ejemplo. Lo cierto es que en el día a día uno no para de ver a gente perjudicando a otra gente. Y acá no hablamos de políticos, sino de trabajadores contra trabajadores, invirtiendo roles antojadizamente según el día. Como la gran mayoría lo hace, es tan común que ya ni resalta. Nos quejamos de otros hasta que una situación "nos obliga" a caer también a nosotros, y lo hacemos sin resistirnos ni plantearnos nada. Que levante la mano quién no se coló en una larga fila "para ganar tiempo". ¿Qué derecho había sobre los demás que esperaban desde antes? ¿Y si uno nota que recibe un vuelto de más, le avisaría al vendedor? ¿O diría "va una por tantas otras en las que me estafaron", y se alejaría con la conciencia limpia? ¿Si le ofrecen un cargo estatal en el que se puede cobrar sin trabajar, lo aceptaría?


Eso me recuerda a un quejoso tachero que no paraba de hablar mal de los políticos corruptos hasta que le hice esa pregunta. "Y sí, nena, lo agarro, porque si no lo hago yo, lo va a hacer otro", fue la incoherente respuesta. Y es así. Todos nos quejamos. Pero hasta en lo más mínimo, si podemos sacar ventaja, la obtenemos sin importar a quién se le pisa la cabeza. Y no alcanzarían las palabras para enumerar más ejemplos.


Es verdad entonces que tenemos los dirigentes que merecemos. Ellos somos nosotros. La diferencia entre esos personajes podridos y las masas es que ellos tuvieron la oportunidad de entrar en el mundo de la corrupción grande, y nosotros sólo en la pequeña.


Pero mientras no cambiemos en el día a día, mientras sigamos envenenando a las generaciones que vienen con ese ejemplo, por supuesto, todo seguirá igual. En este país, a diferencia de otras naciones, hay división de clases, pero no de principios. Mande quien mande y cualquiera sea el sistema, no se vislumbra optimismo.


¿Cómo llevar a cabo un cambio si quienes deben ejecutarlo estarán signados por la corrupción y el egoísmo? ¿Un dirigente que realmente valga la pena podrá llegar a un lugar importante si la condición es apoyarse en un porcentaje tan alto de argentinos medios? Y si por milagro llegara a lograrlo ¿cómo podría gobernar si nadie estará dispuesto a ceder un privilegio en pos del otro? Me gustaría saber si a alguien se le ocurre una respuesta. Porque a mí no. Mientras tanto, sigamos cagándonos entre nosotros.
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(*) La autora es periodista. Nació el 13 de febrero de 1984 en Buenos Aires. Se recibió de Periodista con Orientación Deportiva en el Círculo de la Prensa y Licenciada en Administración en la Universidad del Museo Social Argentino. Es autora del cuento “La esquina”, publicado en el libro Proyecto Crearte, de Editorial Plus Ultra. Trabajó en radio, sitios de internet y desde hace tres años es redactora de tycsports.com.

Gustavo Yarroch - La próxima víctima espera.

miércoles, 17 de septiembre de 2008


El hincha común, ese que en la mayoría de los casos celebra la entrada a la cancha de la barrabrava de su club, se pregunta por qué resulta tan empinada la lucha contra la violencia en el fútbol.

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Para intentar explicarlo, no está de más hacer un rápido repaso por la metamorfosis de las barras desde sus comienzos hasta la actualidad. La génesis de las barrabravas como fenómeno organizado podría situarse a mediados de los 60, pero su mayor protagonismo comenzó a partir de 1983, con la vuelta de la democracia. Los grupos que por entonces conformaban las hinchadas de un modo mucho más ingenuo que el actual se fueron institucionalizando hasta lograr autonomía y convertirse en factores de poder.

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Ya transformados en auténticas bandas, las dirigencias política y deportiva los utilizaron para fines claramente definidos: como punteros políticos y también como fuerzas de choque capaces de aglutinar gente y hacer ruido, tanto en un acto proselitista como en una cancha de fútbol.

Cuando las muertes en las canchas comenzaron a sucederse, los dirigentes deportivos cayeron en la cuenta de que no estaban en condiciones de enfrentar a los barras. En muchos casos, por un lógico temor a recibir represalias. Y en muchos otros, porque habían pasado a ser socios de ellos. En el caso de la dirigencia política, la falta de un plan serio para combatirlos descubrió su falta de voluntad para modificar el escenario.

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Ya entrados los 90, los barras tenían asumido que ya formaban parte de una porción del negocio del fútbol. Una porción pequeña, pero porción al fin. Reventa de entradas, organización de viajes, trabajos de seguridad en recitales, manejos de los estacionamientos en las canchas eran algunas de sus variopintas fuentes de financiación. Las muertes no se detuvieron y los barras, ese fantasma de mil brazos, comenzaron a sentirse impunes al advertir que nada ni nadie podía -o quería- detenerlos.

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No se necesita hurgar demasiado, entonces, para encontrar una respuesta sobre por qué siguen sembrando el terror. El Estado no tiene una política sistemática al respecto y la dirigencia -tanto la política como la deportiva- no parece contar con voluntad ni saber para combatirlos. Con especialistas en el tema que se cuentan con una mano y escaso compromiso de parte del Estado, el flagelo difícilmente será resuelto.

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A propósito de la escasa voluntad política del Estado: el Gobierno Nacional elaboró un proyecto para combatir la violencia en el fútbol cuando Néstor Kirchner era el presidente del país. Hoy, dos años y cinco meses después, esa ley --que iba a crear el llamado Consejo de Seguridad en los Espectáculos Futbolísticos-- sigue durmiendo en la Comisión de Asuntos Constitucionales del Senado. Cuando el Poder Ejecutivo remitió el proyecto al Senado, esa comisión era presidida por la actual presidenta, Cristina Fernández. Por más que desde el gobierno se llenen la boca para despotricar contra los violentos; por más que el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Aníbal Fernández, insista con que se deben aplicar "las normas" para terminar con la violencia en las canchas, todo suena a palabras vacías. Al menos hasta ahora.

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La próxima víctima puede estar a la vuelta de cada cancha y el gobierno, al igual que los anteriores, quizás siga mirando para el costado. Es cierto que la gran mayoría de los dirigentes de los clubes tampoco muestra voluntad de cambio y sólo cuestionan a los barras pour la galerie. Después de todo, tienen un espejo más grande donde mirarse y, salvo alguna rara avis como Horacio Usandizaga, el presidente de Rosario Central, ninguno quiere poner en juego su vida por más que esté convencido de que los barras son una lacra con la que hay que terminar.

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Lo que genera desencanto, en todo caso, es que no se advierte una firme voluntad de cambio ni de los políticos, ni de los dirigentes deportivos, ni de ninguna otra variable de poder. En este contexto, el final de este fenómeno dañino parece demasiado lejos. Y eso preocupa.

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(*) El autor es periodista. Nació en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 22 de enero de 1973. Estudió periodismo en el instituto San Martín de Rosario y en el instituto Juan Bautista Alberdi de Capital Federal. Trabajó en las revistas Tele Clic, Mística y Nuestra, y fue corresponsal en Buenos Aires del diario La Capital de Rosario desde diciembre de 1992 hasta enero de 2008. Actualmente es editor de Deportes de la agencia de noticias DyN, para la que cubrió el Mundial de Alemania 2006, y colaborador permanente de la sección Deportes del diario Clarín, donde suele ocuparse de los temas relacionados con la violencia en el fútbol. En 2004 publicó el cuento "El triple ñoca" en "Al ritmo de los punteros", un libro de relatos de fútbol de distintos autores editado por Ediciones Al Arco. Y en 2006 publicó "Jueguen por abajo", un libro de cuentos también editado por Al Arco.

Angela Lerena - "Todos contra la pared"

domingo, 7 de septiembre de 2008


Están en todos los partidos. Si ellos no van, no hay fútbol profesional en Argentina. Ordenan, indican, cachean. Deben evitar que haya violencia y, demasiadas veces, son responsables directos de generarla. Porque los policías también insultan, pegan, matan. Se llevan de los pelos a un hincha que los desobedeció, u organizan una fila golpeando personas con la fusta del caballo, o cargan los camiones con detenidos para hacer número, sin que medie delito alguno. Desprecian a aquellos a quienes deben proteger. Y no tienen problema en demostrarlo.

Avellaneda, alrededores de la estación. Son cuatro policías de la Bonaerense y, nosotros, unos diez hinchas. Recién salimos de la cancha y vamos a tomar el tren. Hasta que nos detienen.
- Todos contra la pared. Piernas abiertas. Vos no, pendeja, mujeres no. Tomátelas.
La escena me parece surrealista. ¿Detenidos por caminar por la calle? Intento hablar con el que parece el más capanga.
- No estábamos haciendo nada.
- Nadie te preguntó, nena. Andate o te llevo a vos también.
Mis amigos ya están sentados en el piso, esperando el camión celular que los lleve a la comisaría. Yo tengo diecisiete años, estoy a 40 kilómetros de casa, de noche, vestida con los colores del visitante, y no sé volver a casa. Prefiero ir detenida que quedarme ahí.
- No me podés dejar sola. Llevame a mí también.
- ¡Andate! ¿No escuchaste?
- No me voy. Me vas a tener que llevar a mí también.
- Está bien, piba. Llevate uno y andate de una vez.
Elijo un amigo, que se salvará de pasar la noche en una celda, y le resto a la Bonaerense un número en su cuenta. Después, los reportes hablarán de un operativo exitoso con “110 detenidos por averiguación de antecedentes”.

A Fernando Blanco, de 17 años, hincha de Defensores de Belgrano, lo mataron a palos. Estaba bajo custodia de la Federal, que lo entregó inconciente diciendo que se había caído del móvil que lo trasladaba. Carlos Azcurra al menos pudo probar quién le arruinó la vida: las cámaras mostraron a un policía mendocino disparándole en el estómago, a menos de un metro, con una bala de goma. El jugador de San Martín casi se muere, y no pudo volver a jugar. En Rosario, después de un clásico, la televisión sirvió para ver cómo un tal subcomisario Pereyra tiraba contra hombres, mujeres y chicos que estaban en la tribuna, a pura carcajada. Se reía, el muy hijo de puta. Por alguna perversa razón, aquellos a quienes armamos para que nos protejan gozan haciéndonos sufrir.

Rosario, a 200 metros de la cancha de Central. Ya bajamos de los ómnibus que nos trajeron de Buenos Aires y vamos hacia el estadio. De todos lados llueven piedras, pero no nos podemos proteger. La escolta policial es un corralito que nos deja ahí, como ovejas mansas, soportando las pedradas. El comisario nos habla por megáfono:
- Bánquensela, porteños de mierda, bánquensela. Y al que contesta las piedras, lo cagamos a palos.

Odio. Torturas. Placer por el sufrimiento ajeno. Armas del Estado puestas en manos que responden al Estado y se alzan contra el pueblo. Asesinatos a sangre fría. Cobardía. La policía mendocina, la rosarina, la bonaerense, la Federal, cualquiera da lo mismo: los policías argentinos son tan parecidos a los militares argentinos que sólo alguien ciego por adopción no lo ve. A las “fuerzas del orden” se las instruye –todavía- con la misma ideología que costó 30.000 muertos en la última dictadura, y otros miles de muertos en democracia por casos de gatillo fácil. Es el mismo desprecio por la vida que mató a Sebastián Bordón, a Miguel Bru, a Maxi Kosteki, a Darío Santillán, a Walter Bulacio, a Carlos Fuentealba, a Teresa Rodríguez. El que mata cientos de adolescentes en "enfrentamientos", cuando las pericias indican que se les disparó mientras estaban arrodillados.
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Un dato lo dice todo. Ramón L. Falcón fue un comisario con especial encono contra los militantes políticos. El 1° de Mayo de 1909, en un acto de la Federación Obrera Bonaerense, Falcón ordenó una represión salvaje que dejó doce muertos y más de ochenta heridos. Los sindicatos anarquistas y socialistas declararon una huelga general, nuevamente reprimida, con más muertos y heridos como resultado. Ramón Falcón fue un asesino de obreros. Lo mató un anarquista que hizo justicia por mano propia. Mientras un grupo de viejos decrépitos es juzgado con treinta años de demora por atentar contra la humanidad, la Escuela de Cadetes de la Policía Federal Argentina, donde se "educan" los futuros policías, lleva el nombre de Ramón L. Falcón. El subcomisario Pereyra se debe estar cagando de risa.
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(*) La autora es periodista. Trabaja como redactora del diario Crítica.

Sebastián Agostoni - Noticias inseguras.

martes, 2 de septiembre de 2008

La violencia e inseguridad que imperan en Argentina son innegables, pero su registro por los medios de comunicación no se rige por los índices que mensuran el delito sino por otros factores, algunas veces políticos, otras comerciales. Casi siempre arbitrarios.

Los medios instalan o desplazan un tema de la agenda pública por diversas razones, nunca por inocentes. Es un mecanismo de desinformación.
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Durante el largo conflicto entre el gobierno y las entidades rurales, la inseguridad no ocupó el registro de tapa de ninguno de los medios tradicionales. ¿Acaso existía menor inseguridad?

De pronto, con la fuerza de la novedad, el tema vuelve a ocupar el centro de la agenda pública. Siempre detrás del casuismo, nunca con una mirada integral, reflexiva o reñida con los esloganes políticos que la derecha o la izquierda esgrimen alrededor de un tema tan sensible.
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La elección de los hechos violentos que merecen tratamiento periodístico también es arbitraria. ¿Por qué un delito en el microcentro merece cámaras, micrófonos y centímetros en la prensa; y la misma infracción en una provincia del norte argentino es sencillamente ignorada?
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La inseguridad, por supuesto existe. Es real y está en nuestra vida cotidiana. Pero su registro público no guarda proporción (ni cuando sube ni cuando baja) con su tasa de crecimiento.

Nada más lejano al ejercicio responsable de la profesión.


(*) Sebastián Agostoni es periodista. Cursó estudios de sociología, Ciencias de la Comunicación, y Ciencias Políticas.

Alejandro Klappenbach - Usain Bolt, el complice de mi venganza

martes, 26 de agosto de 2008


Una de las tantas noches de horario cambiado en Beijing, me tocó llegar al lujoso hotel donde nos hospedamos cerca de las 3 am. Atrás había quedado un largo y cargado día de trabajo; delante aparecían, apenas, 3 horas de sueño hasta que el despertador hiciera méritos, una vez más, para ser declarado el enemigo máximo de mi estadía en China.


Voy a hacer todo rápido, pensé, para aprovechar cada minuto de cama que tenía en el horizonte. Aunque algo inesperado cambio mis planes.


Al correrse del todo la puerta giratoria de la entrada al hotel vi una figura que me resultó conocida. Piel negra, camisa blanca que la oscurecía aun más, pose desafiante, y los dientes mas brillantes que haya visto en mi vida. Fuera de ésto, lo que me importaba es que, aun con la poquísima luz que había en el lobby, esa persona me parecía familiar. Fue todo cuestión de segundos. Habré dado cinco pasos y ya tenía claro con quién me iba a cruzar.


Mentalmente repasé la presencia de mi máquina de fotos y desvié apenas dos metros mi camino hacia el ascensor. Dándome la espalda había tres personas que charlaban con él. La enfermedad que tengo por el deporte, la admiración que me generan todos aquellos que parecen hacer fácilmente, sin esfuerzos, lo que a otros les cuesta una enormidad, hizo que me pusiera un toque nervioso. Ese tipo que sonreía fue un groso en serio, un groso de todos los tiempos. Aunque me dé cierta verguenza, debo admitirme, por un instante, parecido a los miles de voluntarios adolescentes que gritaban excitados al verlo a Rafael Nadal. Obviamente, el tipo a quien iba a encarar no era Nadal, la desrcripción que hice no tiene puntos en común, ni fisicos ni deportivos, con el tenista español.


Todo ésto, y algunas cosas más también, pude pensar en el tiempo que me llevó estar a tiro de decir unas pocas palabras en tono discreto.


Could be a picture? Dije, y levanté la máquina con mi mano derecha.


Instantaneamente, más rápido que cuando corría los 200 y los 400 metros, dijo: NO. Ni siquiera acompañó su solitario monosílabo con un movimiento de cabeza. Tan seco y contundente fue en su respuesta que no me dio la chance de siquiera pensar en insistirle.


Segundos más tarde estaba en el ascensor, solo, y también estúpido. Segundos más tarde estaba solo, estúpido, y sin poder dormir. En mi cabeza daba vueltas, una y otra vez, ese NO, que es exactamente igual en inglés, en castellano y en todos los idiomas.


La noche siguiente Usain Bolt nos regaló la más maravillosa demostración de velocidad de todos los tiempos y ganó el oro en los 100 metros en 9.69, nuevo record mundial. Hizo el marketinero baile sin las zapatillas y engendró en mí la posibilidad de una venganza. El tipo era el firme candidato a ganar también los 200 y, si lo hacía con otro record, le daría un golpe importante el ego de Michael Johnson. Imagino que a esta altura ya saben que el muchacho de los dientes brillantes y el NO fácil, era el atleta estadounidense.


En alguno de los pocos ratos de soledad y mente descansada de mis días en China me pregunté si podía ser tan idiota. Si era cierto que quería que Bolt batiera el record de los 200 sólo porque alguien me había caído mal…


El 20 de agosto, a las 22.20 de Beijing, las 9.20 de la mañana de Argentina, Bolt no reaccionó demasiado rápido al sonido del disparo que marcaba el inicio de la final de los 200 metros masculinos. Juro que estaba nervioso. Tras los primeros 40 metros, mi cómplice Usain ya estaba primero y no pararía jamás. Llegaría lejos, lejísimos, del resto. Llegaría en 19 segundos y 30 centésimas, 2 centésimas más rápido que el más rápido de todos. Aun nervioso después del final de la carrera, la planilla oficial confirmó el nuevo record del mundo, y el tipo que lograra lo que solo Carl Lewis había conseguido (barrer los 100 y los 200 en un mismo Juego Olímpico) estiraba en la pista, con sus zapatillas al costado, otro baile con olor a bonus de sponsor.


Minutos más tarde salí del Nido de Pajaros, escenario de mi venganza, con una sonrisa que desbordaba mi cara, y con el contradictorio deseo de que Bolt no ganara la posta 4X100. Una tercera medalla dorada puede que lo agrande demasiado. Y si se agranda, dentro de unos años, cuando quizá tambien ostente el record de los 400 metros, y me lo encuentre en el lobby de un hotel…

Pedro Fermanelli - Hebe duele

martes, 19 de agosto de 2008


Nos tuvimos frente a frente en varias ocasiones. Más bien ella arriba, dueña de la arenga que nos movía a nosotros, los de abajo. Siempre en la Plaza, salvo las contadas oportunidades en las que nos cruzamos en la radio La Voz de las Madres, donde junto a un grupo de compañeros denominado Metaprensa hacía el programa 'Nos mean y dicen que llueve', domingos por la mañana en un principio, sábados por la tarde posteriormente. Pero nunca intercambiamos palabra.



Una sola vez, casi dos años atrás, sentí un cosquilleo incómodo ante su presencia. En el café Osvaldo Bayer, lugar que naturalmente elegíamos para la producción del programa, pasó por al lado de nuestra mesa y espetó un "no sean como los otros (periodistas), ustedes tienen que decir la verdad". Pasó, literalmente, pues no esperó respuesta. Que además no existió. Apenas –que no fue un simple apenas- nos miramos, en silencio. Sabíamos que no encontraría complicidad.

Sus palabras venían a cuento de los ataques recibidos cuando ella, Hebe de Bonafini, puso en duda la procedencia y militancia de Julio López, que acababa de desaparecer por segunda vez. "Para nosotros, no es un típico desaparecido. López no fue militante, hay que investigar su trayectoria", dijo Hebe por esos días. Alguien le había vendido pescado podrido, o bien intentó una torpe defensa al kirchnerismo para desligarlo de responsabilidades. O vaya a saber qué cosa entre las tantas lecturas que se hicieron por entonces. Dolieron esas palabras.

Al domingo siguiente, Metaprensa marcó al aire su posición, que no fue necesariamente una respuesta ni mucho menos una provocación. Nos sumábamos al reclamo de los organismos de derechos humanos que pedían por la aparición de López. No hubo reprimenda. Sí existió, más adelante, un episodio que marcó al grupo: una reunión convocada por Sergio Schoklender en ocasión de una reestructuración de la radio para, a grandes rasgos, hacer de la misma un proyecto homogéneo. Nunca nos sentimos cómodos con el corporativismo que inunda nuestro gremio y de hecho no faltó oportunidad para denunciarlo con nombre y apellido; y asimismo éramos conscientes de que, pensamiento político e ideología al margen, nuestra obsesión por la libertad sin límites (valga la redundancia) solía dejarnos parados en la vereda de enfrente de los micrófonos que utilizábamos.

La consecuencia inmediata de esa reunión en la que escuchamos sugerencias sobre la línea de las Madres fue una ola de discusiones internas que, en primera instancia, logró fortalecer al grupo (que, eso sí, jamás claudicó).

Para el mediano y el no-tan-largo-plazo quedaron, irremediablemente, según se me ocurre hoy, el desgaste y el adiós. Adiós que no llegué a dar junto a mis compañeros, porque distintos motivos que no vienen al caso me alejaron antes de tiempo. Sería un atrevimiento brindar detalles de esos meses que pasaron entre mi partida y la desaparición del programa, pero no puedo dejar inconclusa esta historia que elegí -entre las tantas que existen con similares matices- para ilustrar el doloroso camino que tomaron las Madres.

Por este motivo, citaré un fragmento de un comunicado de prensa emitido en octubre del año pasado por la Agencia Rodolfo Walsh, que compartió varios meses de trabajo con Metaprensa. "Con mucho dolor, pero fieles a nuestro compromiso de ejercer un periodismo sin mordazas, denunciamos la censura de la que fue objeto Nos Mean y dicen que llueve [ …] . En una reunión mantenida con los compañeros responsables de la producción del programa, Hebe de Bonafini sostuvo que en la Radio de las Madres, no había lugar para sus 'enemigos', entre los que mencionó a varias personas del campo popular. Estos individuos que mencionó Bonafini habían tenido espacio en el programa para informar ciertos sucesos de la realidad y no para atacarla a ella ni a las Madres. Repudiamos este nefasto hecho que, lamentablemente, no es el primero ni el único en el que la Radio de las Madres censura la información y la opinión que incomoda al Gobierno de Néstor Kirchner".

Luego siguieron desmentidas y contraataques de ambas partes -que pueden leerse en detalle aquí-, pero lo concreto es que sucedió en la víspera de las elecciones presidenciales para las cuales se delimitó claramente un campo de acción en el que, obvio, la radio no iba a ser un terreno librado al azar. El apoyo incondicional al gobierno por parte de las Madres, representadas en la verba de Hebe, resultó, entonces, una derrota contundente para las voces internas que, en determinados temas, disentían con la línea editorial del medio.

Toda esa apertura promovida desde el discurso se había ido lisa y llanamente a las cloacas.Hebe descarriló. Porque en su afán de defender una postura política (más bien, a un grupo de políticos) cometió incongruencias tales como alentar la represión institucional en pleno conflicto entre el gobierno y los sojeros. "Otro gobierno los hubiera desalojado a palos y a gases como merecían", fueron las palabras que eligió para referirse a las protestas en las rutas. "Acá no hay grises. O estamos con el proyecto del gobierno o estamos con el enemigo", dijo ayer, frente a la Rosada, toda una invitación para –personalmente- sentirme menos que marginado ante una pelea que se emite por cadena nacional y que yo (como tantos otros, por minoría que seamos) entiendo que se trata, por encima de todo, de una puja de carácter interburgués en la que ambas partes tienen algunas razones y muchas mentiras.

Este texto no representa en modo alguno una difamación a la madre de todas las luchas, en definitiva una persona por la que jamás podré dejar de sentir afecto, admiración y un enorme respeto. Pero estoy convencido de que no le hacemos ningún favor callando, como creo que callan muchos trabajadores de prensa y agrupaciones del campo popular que tal vez se sientan intimidadas por la autoridad de Hebe.

Aun así, escribir esto duele. No es teatro. Puedo sentir el dedo acusador de quienes reivindican la teoría del "conmigo o con el enemigo". Puedo sentir (y lamento) cómo algunas de las desafortunadas intervenciones de Hebe alimentan al fascismo y a los medios de la derecha más recalcitrante.

Para quienes reconocen su histórica lucha, para los que siguen creyendo en que no todo está perdido, espero que la crítica exista, y que baje como una caricia al pañuelo de las luchas populares. Para decirle que así no, Hebe. Así no.


Pedro Fermanelli

Periodista. Trabajó en los medios gráficos Clarín, Un Caño y La Posta del Noroeste; en los medios radiales La Voz de las Madres, FM La Tribu, Friday Harbor y Radio Más. Actualmente trabaja en la sección deportes de Infobae.com.

Francisco López Vázquez - Periodismo romántico

martes, 12 de agosto de 2008


Francisco no es de nuestra época, es algo pretérito pero a la vez presente. No es de la época de la tecnología a la vuelta de la esquina, de la comunicación globalizada. Pertenece a una etapa romántica de la profesión: anotador en mano, las corridas por el teléfono público, la Olivetti esperando en la oficina o en algún rincón de la casa, las discusiones en el viejo buffet del diario Clarín…
Francisco… y ese cajón de recuerdos que es su memoria (como el de fotografías antiguas, marcadas por el tiempo pero vivas). Es de esos pilares del periodismo en el que uno siempre intenta apoyarse. Con mucha lucidez, el relato de sus tiempos surge:


“A fines de la década del ‘70, antes que se creara la hoy pujante Liga Nacional de Básquet, este deporte ya convocaba multitudes, aunque los principales equipos eran pocos, unos tres o cuatro, y todos en Capital, Gran Buenos Aires y La Plata. Uno de ellos era Ferro. Recién se había inaugurado el microestadio Héctor Echart, y aún carecía de teléfono. Ni hablar entonces de los hoy valiosos celulares para nuestra profesión".


"Terminó el juego, ya la hora de cierre apuraba, una amenaza permanente en ese deporte de últimas horas de la noche. Salgo a la calle, estaba sin el auto del diario, el reloj corría y no pasaba un mísero taxi por la avenida Avellaneda. En un partido anterior había solucionado el problema llamando desde el teléfono público de un restaurante frente al club. Pero esa noche estaba cerrado"


"Ir hasta Primera Junta me complicaba. Tenía poco tiempo y no encontraba soluciones. Hasta que veo, allá enfrente, a unos 60 metros, una luz roja. Pienso: ahí no puede faltar un teléfono, y me mando. Dicen que el loco siempre tiene suerte y esa patriada se me dio. Justo el que atendía me comentó, cuando lo consulté, que él había trabajado en una radio. Quién nos va a comprender mejor que un colega de un medio de difusión. Muy gaucho, me dejó pasar. Así que, mientras el hombre le preguntaba con cortesía a la pareja de turno si quería habitación simple o especial, cumplí satisfactoriamente con mi tarea: Cortijo l4, Uranga 8, Maretto 9....”



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López Vázquez trabajó 39 años en la redacción de Clarín. Así los recordaron sus compañeros de redacción:

Andrés Burgo:
"Marcó una época, la bohemia perdida… un buen tipo. Se junta los domingos con la mujer para hacer pinturas. Francisco es el periodismo que sobrevive y él es la imagen viva de ello. Por sobre todo, los valores bien puestos".

Waldemar Iglesias:
"Es el típico tipo en el cual le confiarías a un ser querido, un tipo en el cual se le puede confiar ciegamente. Aún sin ser un íntimo, lo puedo asegurar, un periodista generoso, siempre tiene un detalle más para ofrecer. Cada día del periodista, reunión, fin de año siempre nos brinda algo sin reclamar nada a cambio".


Oscar Barnade:
"Se lo extraña en lo cotidiano, “en el saludo, el amigazo” y en la despedida: “Mañana es la revancha”. El tipo creíble, amó a la profesión durante tanto tiempo. Le hicimos la despedida el año pasado, se lo extraña. Ahora estoy en su lugar, tengo la foto del Gran Pancho en una foto de Clarín con sus nietos".

Ignacio Uzquiza:
"Pancho es un maestro, por su forma de ser. Nunca se olvida un cumpleaños, una fecha. Tiene todo anotado, porque es un amigazo de verdad. Le pedí que hiciera algo para el blog y sin dudarlo me dijo, voy a escribirte una anécdota. Se quedó cortito con la extensión, pero qué se le puede decir a un Grande. Nada más que agradecimiento".

Fernando Bianculli - Bufones

martes, 5 de agosto de 2008


- “Román: Acá está la revista de Boca campeón. Es para vos, ¡grande maestro!”, le dijo el hombre con cara de fascinación; mientras a unos metros de la escena Hernán Crespo recibía de otras manos un disco compacto con todos sus goles en el seleccionado.
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La anécdota, sucedida un año atrás en una concentración del equipo argentino en el exterior, no involucraba fanáticos decididos a homenajear a los jugadores. Los interlocutores eran periodistas reconocidos…

- “¿Te puedo llamar más tarde a la habitación?”, inquirió el enviado con una sonrisa congelada y un rostro de temor al ridículo por un eventual desplante frente a los testigos en el lobby del hotel.

- “Sí”, le respondió Riquelme, a la carrera, sin detenerse y con sus facciones inmutables. Dos días después, el medio de aquel periodista presentaba en su portada una “entrevista a solas” con el diez de Boca –por entonces, reciente campeón de la Copa Libertadores-, en la que “revelaba” estar “feliz” de vestir la camiseta argentina.

De esa forma, la nota completó el ciclo simbólico que transita la relación entre protagonistas y un sector de la prensa deportiva, en tiempos de competencia degradada. Se trata de un vínculo cómplice, en el que el futbolista –huidizo ante la creciente demanda periodística- pacta “exclusividad” con los adulones que sienten mayor orgullo por la cáscara que el contenido de sus logros. El afán por un instante de la figura en el micrófono o grabador propio puede desatar las estrategias de acercamiento más insólitas y mezcla en el campo de la profesión a periodistas con sujetos desinhibidos, cómicos y movilizados solamente por la conquista de un momento con el ídolo.
.Los bufones, entonces, libran una guerra particular, atravesada por celos incomprensibles para quienes no comparten sus horizontes y gestora de actitudes que golpean la dignidad de la profesión. En esa pugna, se disponen a todo acto de obsecuencia y hasta son capaces de convertirse en cadetes de los propios jugadores. Todo vale para ufanarse después con “primicias” absurdas que alimentan el ego. Al fin y al cabo, sus expectativas se corresponden con la figuración y el cholulismo a la misma velocidad con la que se apartan de la calidad profesional.
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El autor es periodista y licenciado en Ciencias de la Comunicación.